El correo electrónico es un servicio de red que permite el intercambio de mensajes digitales entre usuarios de forma asincrónica, quedando almacenados en servidores para su consulta posterior (Lancester, 1995). En el ámbito educativo, constituye un canal de comunicación formal entre institución, docentes, alumnos y padres de familia.
Para comprender su adopción en contextos escolares, se retoma el Modelo de Aceptación Tecnológica (TAM) de Davis (1989), el cual establece que el uso de una tecnología está determinado por dos variables: la utilidad percibida, definida como el grado en que una persona cree que usar el sistema mejorará su desempeño, y la facilidad de uso percibida, entendida como el grado en que la persona considera que utilizarlo estará libre de esfuerzo. Desde este modelo, la implementación del correo electrónico en escuelas depende de que docentes y padres lo perciban útil para agilizar la comunicación y sencillo de operar desde dispositivos móviles.
De forma complementaria, el uso del correo se aborda desde la Alfabetización Digital propuesta por Gilster (1997). Esta no se limita al manejo operativo de enviar y recibir mensajes, sino que integra habilidades cognitivas para estructurar textos con asunto, saludo y despedida, habilidades críticas para identificar spam y phishing, y habilidades sociales para aplicar normas de netiqueta. La carencia de estas competencias genera una brecha en su aprovechamiento efectivo.
A partir de la Teoría de la Riqueza de Medios de Daft y Lengel (1986), el correo electrónico se clasifica como un medio de baja riqueza debido a la ausencia de retroalimentación inmediata y de señales no verbales como tono de voz o expresiones faciales. Por tanto, resulta adecuado para transmitir información documental, instrucciones y evidencias, pero ineficiente para comunicar mensajes ambiguos, sensibles o que requieren negociación.






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